No se sabe lo que es correr junto a otras veinte mil personas hasta que no se hace. Y la experiencia, olores aparte, puedo considerarla positiva. La XXIII Carrera Nocturna del Guadalquivir se celebró el pasado viernes, aunque algunos -no quien les escribe, el dorsal 10023 de la misma- necesitaran también de los primeros minutos del sábado. Solo participar ya tiene mérito, pues comienza y acaba algo más allá de donde Cristo perdió el mechero: cerca del Cortijo del Alamillo, en Sevilla. Ya se pueden imaginar cuánta ingeniería logística se precisa para llegar y regresar desde allí.
Sí entraba en mis planes que con tanta gente fuese normal no pasar por la línea de salida hasta diez minutos después de que ésta se diera, pero no así tener que recorrer toda la Isla de La Cartuja por el carril bici, o el popular barrio de Triana por el acerado, que ya tiene mérito, con tantos veladores invitándonos desde sus aceras a abandonar la carrera. Así que no fue hasta bien entrado el Paseo de Colón que no pudiéramos trotar por el asfalto con cierta comodidad, circunstancia que duró bien poco, por culpa -o gracias- a los miles de tapones y botellas de plástico con las que nos refrescamos superada la mitad de la prueba.
El ambiente fue festivo, y hay que reconocer que de entre los cientos de participantes que corrían disfrazados los había con cierta gracia, como los bueyes que portaban una carriola rociera a la que no le faltaba la imprescindible nevera, repleta de botellines; o el participante que ataviado de mujer me adelantó en las cercanías del estadio Nolímpico de Sevilla. Con las faldas remangadas y unos globos inusualmente hinchados para llevar más de once kilómetros bamboleándose... ah, y a una velocidad endiablada, pero ya se sabe de lo que somos capaces en esta tierra a cambio de una Cruzcampo bien fresquita: obsequio, junto a una camiseta, para los que cruzamos la línea de meta. Solo un pero a la organización: a ver si puede ser que el próximo año nos regalen otra algo más varonil. Con mangas, me refiero.




7 comentarios:
Y yo mientras en Alájar, igualito que tú, te qui ya, home, correr es de cobardes, quién te ha visto y quién te ve, y encima te regalan una camiseta de cani. ¡Una copa de balón con dos cojones! Sentao en un velador, y viendo pasar a los pringaos que van sudando en calzonzillos.
Eso es asín, compadre...
La copa de balón cayó ayer, José Miguel, con dos pares de cubitos. Lo de pringao no te lo puedo negar, pero digno. Salvo yo, todos los corredores cambiaron su sudada camiseta por la celeste sin mangas de la organización. Parecían pitufos.
Uno prefirió quedarse pringao, pero digno. Ésta no es calaíta pero te puede servir. Tuya es, querido amigo.
Cuando yo participé me dieron una amarillo fosforito pollo de la talla XXXL. Eso sí, con mangas.
Por motivos de trabajo, llevo tres años sin participar. A ver si para el próximo podemos quedar para corre juntos. Y si Ridao tiene webs, que se apunte.
Abrazos.
La próxima no me la pierdo. Leyéndote me han entrado unas ganas terribles de fustigarme corriendo.
La camiseta no puede ser más cani(es horrorosa), pero mi niño tiene mucha dignidad y prefirió llegar a su casa oliendo a oso, que con esa mariconada puesta
Así que tú fuiste. Por culpa de los niños de la carrerita llegué quince minutos tarde a la Bodeguita Esperanza en San Jacinto. A mí y a mi polucionante moto nos desviaron hasta el final del campo de la Feria. Cogí tal cabreo que me tuve que tomar un montón de cervezas y tapas para calmarme. Y tú mientras pasándotelo pipa entre sudores propios y ajenos. No hay justicia en el mundo. Menos mal que al menos no te pusiste la cosa esa.
Un abrazo, atleta.
Si os parece, Juan Antonio y Jesús, el año que viene corremos la nocturna como el Club de Atletismo Los Mercuriales... ataviados, lógicamente, con nuestras haikumisetas. Y tratamos de recuperar para la causa a Julio, que era atleta antes que poeta, o a José Miguel y Fernando, por mucho que se quejen.
Oliendo a oso, mami, pero con la cabeza bien alta. Y ninguna definición mejor para la camiseta que la que tú das.
Ay, Fernando, si lo hicimos para que te ahorraras el dinero... y tú erre que erre (con dos erres, se entiende). Un aviso: no vayas el 18 de diciembre por Los Palacios, que ya me están picando para la media maratón.
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