miércoles 5 de octubre de 2011

Paleto urbanita


Existen aficiones peligrosas. La fotografía es, sin ir más lejos, una de ellas. No necesariamente para las personas que la practican, pero sí, en cambio, para sus vehículos. Existen aficiones peligrosas -decía- y madrugones claramente innecesarios: como el del pasado diecinueve de agosto del corriente. Les cuento.
          Después de llevar media vida admirando desde el coche el paisaje salpicado de flamencos y caballos salvajes de las marismas de Doñana, bien de frente o de reojo, dependiendo de si se iba o no al volante, decidí uno de esos días tontos de mis vacaciones de verano levantarme a una hora que se consideraría intempestiva en cualquier otra época del año. El plan era aparcar el coche en la aldea de El Rocío y seguir a pie para captar los primeros rayos de sol cuando asomaran sobre la ermita. Fue a última hora cuando decidí tomar uno de los caminos de arena que bordea el parque -la imagen que muestro constituye la única toma captada en tan singular aventura- y logré lo que en el argot local recibe el nombre de dejar el coche "colgado", como pude saber tres horas más tarde. No siempre el camino más corto es el camino más corto. Y si no, que me pregunten a mí.
          Según se dice en el diccionario, podríamos entender por colgado un conjunto de acepciones que encajarían mejor en la descripción de quien les escribe que de su vehículo, pero aplicado a este último cabría entenderlo como la posición de equilibrio que alcanza una Touran cuando descansa su tonelada y media de peso sobre la panza, en lugar de hacerlo sobre las cuatro ruedas, como por otra parte cabría desear. Y contra este fenómeno, no hay fenómeno que se valga. Resumiendo. Pasé dos horas y media tratando de achicar arena de los bajos, pero era como tratar de hacer lo propio con el agua del mar. Les ahorro el resto de detalles e improperios que proferí, porque la solución no la hallé hasta que se apiadaron de mí dos lugareños, llamémosles catetos, a los que asalté en un Land Rover a medio kilómetro del lugar.
          Has dejao el coche colgao, sentenciaron, y casi estuvieron a punto de felicitarme por sortear los trescientos metros de terreno dificultoso que precedían al jollo practicado. Pero debieron de pensárselo dos veces, sobre todo después de pedirme que me echase al suelo para atar el cable de acero al palié de mi coche... y ver cómo me levantaba un par de minutos después contemplando el extremo del cable sin saber bien qué hacer. La cara con la que ambos se miraron, los dobles de Andrés Amorós y El Perejil -según mi parecer- fue suficiente para que se ahorraran expresar en voz alta lo que ambos andaban pensando.
          En la ciudad llamamos cateto a cualquier persona de pueblo que anda despistada por el asfalto buscando no se sabe qué dirección. O a ésos que hablan fuerte y gesticulan de forma exagerada porque no están acostumbrados a reprimirse ante sus semejantes. Pero, por mucho que he buscado, no he encontrado la palabra capaz de describir al palurdo de la ciudad que mete su coche por cualquier lugar cuando sale de la urbe. A ése zoquete integral que encima es incapaz de echarle una mano a dos personas que le ayudan desinteresadamente y, encima, casi le doblan en edad. Y es que, según parece ser, todavía faltan palabras en el diccionario, como sostiene mi amigo Javier.

6 comentarios:

Fernando Moral dijo...

Es que Doñana es mucho Doñana, y más para nos, los paletos urbanitas. Te pongo dos casos vividos en mis propias, aunque no abundantes, carnes:
El primero fue aproximadamente por donde dices. Andaba yo alegre con el Land Rover Discovery de mi hermano (versión urbanita y pija del Land Rover cutre-café con leche, que es el bueno para el campo). También las arenas de Doñana lo quisieron para sí y no fue sino media hora más tarde -y con olor a embrague quemado- cuando conseguí liberarlo.

El segundo fue más hiriente. Viajábamos en sendas Vespas un amigo y yo desde Sanlúcar hasta Matalascañas por la playa del Coto (itinerario sin igual, hoy prohibido, como casi todo). Ya nos habían advertido los lugareños que a pesar de conducir por arena dura, habría que tener cuidado con una especie de regatos que la cruzan hacia el mar. Mi amigo pisó uno y allí se quedó su moto, succionada y bloqueada por el efecto vacío. Horas después, la marea subía hacia el vehículo al mismo ritmo que nuestra desesperación. No hubo manera de sacarla hasta que un pescador de oficio(joven, pura fibra moldeada jalando redes y no mariconeando en un gimnasio) CON UN SOLO BRAZO la liberó y la sostuvo en el aire un rato por la parte trasera. Te puedes imaginar las caras de gilipollas de los dos urbanitas que habíamos estado tirando de la moto durante horas.

Sirva todo el rollo anterior como constatación de la vana altanería de la gente de ciudad.

Un abrazo, hermano pringao.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Pues Fernando propone un par de palabras que casan muy bien con la anécdota: gilipollas, pringao...Dicho sin acritud, claro, porque yo seguramente (quiero decir, con seguridad) lo habría hecho bastante peor que vosotros. Y eso es que, teóricamente, soy de pueblo. Y, leído lo leído, a mucha honra.
Abrazos a ambos.

Aurora dijo...

Yó cuando llamasta diciendo lo que pasaba,lo primero que me pasó por la cabeza era "Esas cosas solo le pasan a él por tonto",luego cuando llegaste a casa (de la forma que llegaste) solo te dí un beso y te lavé el polo blanco que te pusiste para la ocasión.Pero como dice tu amigo Fernando, también a mi me pasaron el El Rocio dos percances que no sé si te acordarás (pues érais pequeños).La primera fué con el seiscientos, veniamos de pasar el día en la playa, y justo al pasar por allí se rompió la correa del ventilador.Como siempre los ctetos como decimos se acercaron a ver que pasaba, con toda su amabilidad, quitaron la correa vieja y pusieron la nueva sin herramientas. o sea por la fuerza bruta.La segunda fué con R6, nos llegamos a ver a la Virgen y el coche le pasó lo que a tí, pero sin haberme desviado.Otros dós lugareños se acercaron, y cuando vieron el cuadro (tu madre con trés niños), con su peculiar acento dejeron"No ze preocupe zeñora" intentamos salir del coche a lo que ellos dijeron"No hace falta zeñora" y nos sacaron al coche y a nosotros cuatro a pulso.Serán catetos pero con un coraz´0n que no les cabe en el pecho

José Miguel Ridao dijo...

Genial tu "anérdota", y más entoavía la de tu madre. Con catetos así, por mí que todo el mundo fuera analfabeto.

Yo, ni que decir tiene, me apunto al club de los gilipollas, aunque me pasa como a Romano, que no he consumado aún esa gilipollez, a diferencia de otras muchas.

Paco Principiante dijo...

A mi, en el campo de un tío mío, una vez que salí corriendo mientras gritaba y lloraba con una gallina detrás, me dijeron muertos de risa: "curruco de ciudad". No sé si puede servir como palabreja.

Por cierto, no soy el único que este Verano ha ido al Rocío. Me presenté con mi Santa y mis dos niños. Y ella, que es aun más de ciudad que yo (de la capital, vamos), no llevó muy bien eso de que las calles fuesen de tierra. Así que bajando unas escaleras, al pisar la calle, se torció el pie, y hasta ahora ha estado con escayola...
Joé, gorda, que tol mundo viene aquí a curarse, y tú al revés, del tirón al ambulatorio, le decía.

Otra curruca de ciudad.

Alejandro dijo...

Tu comentario es casi una entrada, querido Fernando. Muchas gracias por compartirlo hoy -es un decir, porque he tardado tres días en contestarlo- con nosotros. Si te parece, y para no caer de nuevo en la trampa, te propongo una excursión mañanera el próximo verano por ésas playas del Coto que ambos veneramos. Madrugón, cámara en mano y desayuno a la vuelta... que conozco un chiringuito que abre a las nueve en el que se desayuna como en el cielo.

A mucha honra, Juan Antonio... y sirvan ambas palabras para describir las manifiestas habilidades de este cretino.

Creo que me acuerdo de la segunda, mami, pero puede que sea por las veces que nos lo has contado... porque también me suena mucho la primera. Tú los conoces bien. La gente de allí parecen de otra raza. Definitivamente.

A diferencia de otras tantas, José Miguel. Tú eres más original y tu mérito radica en conseguir hacer cosas parecidas sin salir de la ciudad. Acuérdate de la puerta del garaje de tu padre o de la barrera del Carreful. A ver si le echas huevos y nos las cuentas en tu blog, home.

Pues sirva curruco, Principiante... curruca o curriqui, si lo permite tu mujer, que mira que llega a tener mala pata. Y ya me dirás si en el ambulatorio te tuvieron que tratar a ti también de algún revés con marca de anillos. Aunque merecería la pena, seguramente, porque es genial la anécdota.