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lunes, 12 de octubre de 2009

Con la soga al cuello

La espera ha sido larga. Ayer, mi hijo Ignacio dijo papá por primera vez. He de reconocer que llamaba a su madre, casi siempre por interés, desde la pasada primavera y que yo, desairado por su menosprecio y a hurtadillas, trataba de conseguirlo en vano.

Sé que debería haber dejado caer un par de lágrimas y a punto estuve de hacerlo; más por pura pena que por la emoción. Ocurrió en la playa, de forma inesperada. Se comportó como un valiente, aguantó el primer minuto de manera estoica y cuando vio que el Océano Atlántico le llegaba hasta el cuello, repitió la ansiada palabra hasta tres veces seguidas: ¡pa pa...pa pa...pa pa...!

¡No! Que nadie me denuncie por malos tratos. En mi descargo alegaré que más que octubre parecía agosto y que su cuerpo, desde los pies hasta las orejas, era un puro terrón.

Foto: Ignacio una hora antes de ser torturado. 11 de octubre de 2009.

miércoles, 10 de junio de 2009

Cuestión de lógica

Me he dado cuenta de que mi hija Alejandra tiene unas antenitas invisibles, como las de Campanilla, que le hacen estar al tanto de todo lo que sucede a su alrededor cuando parece que no presta atención. No hay escuela; a ser padres aprendemos a medida que nos estrellamos con nuestros propios hijos. Más de una vez, cuando mi carácter me juega una mala pasada y sobrepaso el límite de la bordería, la he escuchado preguntarme: ¿qué le has dicho a mami? En otras ocasiones, un simple ¿qué? le basta para indicarme que he pronunciado algo que no deberían escuchar sus infantiles oídos. Antes de empezar a hablar, su mirada era suficiente para aclararme que estaba entendiendo algo que yo suponía fuera del alcance de su razonamiento o dejaba de jugar repentinamente si pasaban cosas a su alrededor que en principio no debían reclamar su atención.

Una tarde de finales de marzo, cercana a su tercer cumpleaños, caminábamos juntos a la vuelta del parque. Ella empujaba el carrito de su Nenuco y mientras mi atención se centraba en la esquina a la que llegábamos, los radares de sus antenas, siempre en funcionamiento, parecían haber detectado algo. Al darle la mano para cruzar la calle, la escuché preguntar:

- ¿Los papás también se dan la manita?  

Desvié la mirada y sólo vi a una pareja de adolescentes (ella piensa que es un papá cualquier humano que supere el metro y medio de estatura) que paseaban cogidos de la mano.

- Sí, claro- respondí.
- ¡Es para no caerse, papi!- sentenció.


Arquitecto, profesor de Dibujo Técnico y Matemáticas pero no me queda más remedio que admitir, por muy de ciencias que me considere, que es su lógica la aplastante y no la mía. 

Foto: Mi sobrina Patricia de la mano de Ch. Preside la escena un trozo de Andalucía en manos piratas desde hace tres siglos.

domingo, 24 de mayo de 2009

Damita

Alejandra / 8 de mayo de 2008
El otro día estuve ordenando fotos. Con el final del curso y el enganche bloguero adquirido en fechas recientes llevo un retraso tremendo. La principal ventaja que se les supone a las cámaras digitales se ha convertido en su mayor inconveniente y si te descuidas un poco acumulas varios cientos que debes purgar. Buenas buenas, nunca hay más de tres o cuatro.

En eso estaba cuando apareció la foto de la que muestro aquí un insignificante detalle. Se trata de mi hija Alejandra vestida de damita de honor hace un par de semanas en Córdoba para la boda de su tía más pequeña, su madrina. Estaba sentada en el escalón de la iglesia esperando la llegada de la novia cuando capté el brillo de su mirada en una de esas tomas que sólo salen bien de vez en cuando. Tendréis que creerme si os digo que estaba preciosa vestida de blanco con su cabeza adornada por una coronita de flores. Al llegar la novia nos sorprendió a todos desfilando delante de ella como si fuese la cosa más natural del mundo, sonriente y encantada de sentirse el centro de atención de las miradas. Esa bella imagen me ha inspirado el siguiente haiku:

Flores de mayo
brillo que duerme en su alma,
luz de inocencia.

P.S. No sé si exagero al no mostrar en mi blog la foto completa. Con mucho gusto la compartiría pero no está Internet como para ir dejando por ahí perdidas fotos de preciosidades de tres años. Es una lástima, pero es lo que hay.