jueves, 31 de diciembre de 2009

Año nuevo, vida nueva

Poco antes de la medianoche encendió el televisor. Decidió que por cada uva que tomase desaparecería uno de sus problemas: Uno, hipoteca - dos, sobrepeso - tres, pensión - cuatro, juego - cinco, dividendos - seis, trabajo - siete, coche - ocho, inspiración - nueve, amigos - diez, Pedrito - once, Carmen - doce, Yolanda.

Y así fue. Al amanecer del recién estrenado enero, su amante se había ido. En febrero, su mejor amigo llevó a su ex mujer ante el altar. En marzo, dejó de visitarlo su hijo. En abril, el resto de amigos. En mayo, compró un ejemplar de sus poemas firmados por su desaparecida amante. En junio, se quedó sin coche. En julio, sin empleo. En agosto, malvendió sus depreciadas acciones. En septiembre, apostó a la jugada equivocada. En octubre, no pudo pagar la compensatoria del niño. Su sobrepeso era historia en noviembre y, en diciembre, fue desahuciado por el banco.

Esta noche se acostará en una cama de cartón ante la puerta de la entidad concesionaria de su hipoteca; alejada, por suerte, de la Puerta del Sol.

Feliz 2010... pese a todo.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Me retiro

Creo que el título de mi entrada es elocuente. Nunca me había parado a pensar cómo sería mi despedida pero algo tenía claro: tendría que convencer a mis lectores de que habría sido una decisión difícil de tomar. Si soy franco, mentiría.
Es cierto, parece un adiós precipitado y, quizás, poco meditado, si tenemos en cuenta que no ha pasado más de media hora desde que recibí la llamada de José Manuel Lara Bosch. No lo conocía de nada y se mostró muy cercano. Fue directo al grano, claro y conciso. Se confesó seguidor de mi blog y me propuso, de sopetón, una oferta difícil de rechazar:
- Carlos nos ha fallado - me dijo. Sus ventas no funcionan como esperábamos. Por su sombra ya no fluye el viento y necesito otro bombazo editorial. Tu estilo nos gusta: eres culto, comedido e ingenioso, y, cuando quieres, enganchas a tus lectores con tu peculiar sentido del humor. Acabo de reunir al consejo de administración de Planeta y deseamos que empieces a trabajar cuanto antes.
... Escuchaba su propuesta con el pensamiento distraído en el comienzo de "El Juego del Ángel". A mi modesto entender, la página más digna de las 667 que escribió mi antecesor en su último libro. Puede que lo recuerden, comenzaba así:
"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio". 
Me encontraba tan absorto divagando sobre el precio que tendría mi alma que no me di cuenta de que el editor me aguardaba, en silencio, al otro lado de la línea. Sin saber muy bien cómo, decidí apostar fuerte... 
- Tengo otras ofertas que estoy considerando – le solté. No sé si sabes que mi nombre se baraja en las quinielas del decano de los premios de novela del país y en otro importante de poesía que se falla hoy.
- Tú verás. Pretendo firmar un contrato que te comprometa a escribir cuatro libros para nosotros. El primero saldría a la venta en las próximas navidades. Como puedes comprobar, te estoy extendiendo un cheque en blanco.
- Si hace tiempo que me lees, debes saber que soy profesor y estoy acostumbrado a poner muchos ceros seguidos.
- Eso no representa ningún problema. Si aceptas, te adelantaré el veinte por ciento.
- Necesito que me dejes diez minutos para despedirme de mis lectores.
- Tómate veinte. También tienes que pensar cómo firmarás tus novelas. La eñe y la zeta de tu apellido andan reñidas con las listas de ventas anglosajonas. Deberías buscarte un seudónimo.
- A mí los anglosajones me...
- ¡No seas basto! Vas a tener una imagen pública que cuidar.
Como pueden imaginar, no he podido rechazar su oferta. Ya lo ven; tienen ante ustedes al sustituto de Ruiz Zafón y me veo obligado a despedirme precipitadamente de mis seguidores. Desde ahora me debo a mis recién adquiridos compromisos editoriales. Será sólo un hasta luego: les espero dentro de un año. Para entonces, podrán pedirles a los Reyes Magos el primer ejemplar de la tetralogía Decenium.
¡Hasta siempre!, queridos amigos, cuando vuelva a saludarles, lo haré desde la identidad de Esteban Larason.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Justo castigo


Me sorprendió encontrar este pergamino en la despensa der fede. Conocía su afición por el equipo de fútbol del barrio y por el olor a incienso. Ahora descubro sus pasiones culinarias y no sé si literarias. Para quien no lo conozca, Federico es el peluquero nervionense por cuyas tijeras hemos dejado de pasar algunos de los que aquí escribimos o comentamos. Harto de ver cómo nuestras lustrosas calvas pasaban, sin parar, ante la puerta de su negocio; decidió abrir una taberna a dos esquinas del lugar. Como a medida que disminuía su materia prima observó que nos crecía cierta curva a media altura, debió pensar en el negocio que supondría conquistar nuestras despensas.

Ya he dicho que desconozco si, además, tiene interés por la literatura, pero... ¡ahí quedó! -cuántas veces habrá pronunciado esta frase-... clavado este cartel. Como la pena capital me parece excesiva, veo justo este castigo... o que también se queden calvos qualesquiera personas que la excomunión les traiga al fresco.

Hai que ioderse.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Impersonal

Hace unas horas me encontraba tirado en la alfombra con mi hija Alejandra. Agotábamos el último suspiro del Puente de La Inmaculada y el despojo en que éste me convirtió, yo mismo, trataba de leerle un cuento.

- ¿Papá, yo soy persona? - fue la pregunta que interrumpió hoy nuestra lectura.
- ¡Claro, Alejandra!
- ¿Y el hermanito?
- También, mi vida.
- ¡No, él no!
- Aunque pequeño, llega a ser persona también. Trata de recordar… ¿a quién hemos visto hoy más pequeño que Nachete?
- A Gonzalo, papá.
- Él es otra persona, ¿sabes?
- ¡No! Él no... y tú tampoco - sentenció.

¿Y mamá, Alejandra? - Ella sí, papá... ¿Y el primo Miguel? - No... ¿Y el primo Emilio? - No... ¿Y la prima Marina? - ¡Sí, papá!... ¿Y el primo Álvaro? - No... ¿Y el primo Nono? - No... ¿Y la abuela Aurora? - Sí... ¿Y la abuela Mari? - Sí... ¿Y el abuelo Manolo? - ¡No, papá!...

Pasaron por nuestra conversación un sinfín de familiares y amigos hasta que logré entender la lógica de su razonamiento. Sorprendido porque una mocosa de tres años pudiera pensar así, le dije:

- Ya lo entiendo, Alejandra ¿Cómo puedo convertirme en persona?
- ¡Yo lo puedo hacer papi, con una varita!

Acto seguido, blandió una bellota que habíamos encontrado en el campo y dejamos de ser cosas, o animales, su pequeño hermano y quien les escribe.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El cubito (y IV)

Recogió el cubito, tratando de contener las dos lágrimas que deseaban escurrirse por el tobogán de sus mejillas y reparó en que una joven, que bronceaba sus pechos al sol, se había parado junto a él.

- ¿Te has perdido, pequeñín?

Se quedó mudo, y a duras penas consiguió encajar el cubito de su hermano en el suyo para darle la mano libre a la amable señorita que se agachaba para enjugarle los lagrimones liberados... en emocionante flashback de su cuarentena.

- "¡No tan tonto, hermanito!"- pensó mientras caminaba de su mano -cien metros por detrás del vociferante llorón- en busca del puesto de socorro más cercano... a dos kilómetros de allí.

Playa de Matalascañas, 26 de agosto de 2009

martes, 1 de diciembre de 2009

El cubito (III)

Convencido por el argumento de peso de su hermano, volvió hasta el castillo de arena para recoger su cubito. Al regresar a la orilla vio que su congénere había desaparecido, abandonando el cubito en su lugar.

- ¡Mi hermano mayor es tonto y me ha abandonado! - escuchó vociferar con simulado llanto -y bastante familiar por cierto- a un pequeño que caminaba de la mano de una escultural joven ataviada con escueto bikini.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El cubito (II)

Coronó su castillo con una benderita de papel y vio que su hermano pequeño había desaparecido.
Lo encontró en la orilla, sentado junto a un cubito a medio llenar al que no le prestaba ninguna atención.

- ¿Qué haces aquí? - le dijo.
- ¡Pareces tonto, hermanito! Todavía no te has dado cuenta de que las tías buenas pasean por la orilla, lejos de donde se sientan papá y mamá.

domingo, 29 de noviembre de 2009

El cubito

Los dos hermanos jugaban en la playa con sus cubitos de plástico.
El mayor, a punto de concluir su inexpugnable castillo de arena, vio como el pequeño contemplaba la orilla con el cubito lleno.

- ¿Te ayudo? - le dijo.
- ¡Pareces tonto, hermanito! Si vuelco mi cubo, tendré que llenarlo de nuevo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El ángel caído

Las lesiones y quemaduras de la última paliza la llevaron el miércoles al hospital. Se aferró al pequeño hilo que la mantenía con vida y no pudo recuperarse de la cuarta parada cardiorrespiratoria que sufrió. Falleció anoche en Tenerife.

Tenía tres años.

Como padre de otra niña de su misma edad, conozco el miedo que provoca un tonto tropiezo, el llanto que sigue a la caída, el susto de encontarse sola un instante y la angustia que cada noche despierta a una inocente criatura que cree ver brujas en su cama y pide que no te vayas. Me horroriza pensar que una niña como ella haya tenido que enfrentarse a monstruos de carne y hueso cuando la naturaleza sólo la preparó para ser querida... amada, mimada, cuidada, deseada, abrazada, acariciada, consentida y adorada.

Le pido a Dios que se apiade de ella y la quiera allí como no lo hicieron aquí. Que le nombre jefa de los ángeles de la guarda y que, desde ahora mismo, se entretenga ayudando a caer a esos pequeños que, inexplicablemente, nunca se hacen daño. Que la acurruque y le de una infancia feliz (si todavía es posible).

Le pido a la justicia que semejante hijo de puta se pudra en la cárcel.

Y les pido disculpas por amargarle el inicio del fin de semana. Lo siento. Espero que comprendan que es la primera vez que lloro ante el ordenador.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Dejar de fumar

A medida que ascendía por la zigzagueante carretera, las edificaciones se fueron dispersando, el asfalto se hizo más rugoso y las coníferas comenzaron a poblar sus esbeltas copas de algodón helado. Pese al frío, bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo sin perder de vista al camión rojo que apareció por la curva a la que se acercaba. Al llegar a su altura fue incapaz de exhalar el humo del tabaco, paralizado como quedó por la maniobra de adelantamiento que inició la furgoneta de Seur Express que seguía al pesado vehículo. La cara sonriente del repartidor y el logotipo de Marlboro, su marca de toda la vida, grabado en el lateral del camión, fue lo último que vio antes de despertarse.

Le ocurría con frecuencia; cada vez que sus obligaciones laborales le llevaban hasta ese recóndito paraje. Ahora, conduciendo por la estrecha carretera, el desfiladero le parecía un carril de Scalextric que le llevaba prisionero entre las paredes de roca y los quitamiedos metálicos. Pese al frío, bajó la ventanilla y encendió su último cigarro, con la mirada clavada en el morro del camión rojo que la curva le escupió.

martes, 24 de noviembre de 2009

Soleá par

Esa orilla no es de bote.
Si puedo elegir me muero
asomándome a tu escote.

domingo, 15 de noviembre de 2009

El destierro del manchego

 
Como cada mañana, la joven Carmen entró en la habitación sosteniendo la bandeja y encontró al viejo asomado a la ventana. Al preguntarle cómo se encontraba, recibió la respuesta de siempre: “Como los toros, observando los giros del tiempo”. 
Nada conocía ella de su identidad, salvo que las mujeres de su familia habían perdido la cuenta de los años que llevaban cuidándolo a cambio del generoso pago que recibían de una noble familia. Ella ignoraba que fue el protector del viejo, el Duque de Béjar, quien pidió al de Medinaceli que "diesse refugio de por vida al viajero portador de la presente, que partía a tan alejadas tierras huyendo de su propio entierro". Y así fue como recibió cobijo en una vieja torre del Cerro del Castillo, bañada por las brisas de la Bahía y con hermosas vistas de la campiña. 
Abandonó su refugio en una ocasión, poco después de su llegada, cuando le visitó Sansón Carrasco, el único amigo que sabía de su paradero. Enterado del grave padecimiento del Manco, consiguió llegar a tiempo al sepelio, oculto bajo un hábito de monje. Se quedó al final, en el lugar que le pareció más discreto, y reconoció sin problemas a la otra figura que trataba de pasar tan desapercibida como él mismo. Antes de marcharse, amparado por su condición de viejo torpe, le asestó un soberbio pisotón al caballero Lope. 
Los años restantes los dedicó a sus solitarios paseos, la lectura de libros amarillentos y, sobre todo, a esperar a los que antes o después vendrían a buscarlo. El viejo, que seguía asomado a la ventana, se giró para mirarla apoyando su mano sobre el yelmo que tenía en la mesa. Aguardó a que le prestara atención y le dijo: “¡Carmencita! Cuatrocientos años ha que avisé de los peligros de esos gigantes que andan rondando ahí fuera y nadie quiso escucharme. Ahora, es demasiado tarde”. 
Ella esperó, por si tenía algo más que añadir, y se volvió hacia la puerta pensando que estaba loco de atar. Mientras se alejaba, sentía cómo la mirada del anciano se clavaba en sus ajustados pantalones vaqueros, tratando de pellizcarle allí donde se unen las cuatro costuras. 
“¡Y quería el necio de Sancho que me refugiase en El Toboso!” oyó que le decía don Alonso Quijano mientras cerraba la puerta.


Ruta del Toro (vertedero eólico de Andalucía)
13 de julio de 2009

lunes, 12 de octubre de 2009

Con la soga al cuello

La espera ha sido larga. Ayer, mi hijo Ignacio dijo papá por primera vez. He de reconocer que llamaba a su madre, casi siempre por interés, desde la pasada primavera y que yo, desairado por su menosprecio y a hurtadillas, trataba de conseguirlo en vano.

Sé que debería haber dejado caer un par de lágrimas y a punto estuve de hacerlo; más por pura pena que por la emoción. Ocurrió en la playa, de forma inesperada. Se comportó como un valiente, aguantó el primer minuto de manera estoica y cuando vio que el Océano Atlántico le llegaba hasta el cuello, repitió la ansiada palabra hasta tres veces seguidas: ¡pa pa...pa pa...pa pa...!

¡No! Que nadie me denuncie por malos tratos. En mi descargo alegaré que más que octubre parecía agosto y que su cuerpo, desde los pies hasta las orejas, era un puro terrón.

Foto: Ignacio una hora antes de ser torturado. 11 de octubre de 2009.

martes, 30 de junio de 2009

El origen de la crisis inmobiliaria

Mi madre estaba nerviosa. Puede que me falle la memoria ahora: juraría que abrió la puerta de entrada al mismo tiempo que yo cerré la del baño. Cuando llegué al salón, una mirada mía fue suficiente para aclarar a mis hermanos que la de esa tarde había sido una faena de orejas y rabo.
Mi madre enseñaba su piso en venta por primera vez, y un amable matrimonio, parientes de una vecina, fue su primera visita. De la entrada pasaron al dormitorio de mi hermano mayor y por el pasillo llegó la comitiva hasta el salón. Después de saludar a tres adolescentes sonrientes que, sentados en el sofá, trataban de aparentar una formalidad del todo imposible, visitaron el dormitorio que compartía con mi hermano pequeño y el de mi madre. De vuelta hacia la cocina, notamos la mirada intrigada de él, pero la explicación que mi madre daba sobre las excelencias de nuestra casa le obligaron a atenderla de nuevo. Cuando salieron de la cocina mi madre abrió la puerta del cuarto de baño y ahí acabó su venta.
Puede que hayan comprobado, en alguna situación similar, que es en la última pieza visitada donde se resumen las características de la vivienda y se intercambian las últimas impresiones. La inexperiencia de mi madre hizo que casi toda su charla transcurriese bajo un insoportable hedor que poco tardó en llegar hasta el salón. Jamás me explicaré cómo mi madre y esa señora fueron capaces de hablar, largo y tendido, ignorando por completo los efluvios de los restos corporales que allí deposité. Él, en cambio, no pudo contenerse más y se acercó para decirnos: ¡ya sé de qué os reíais! No recuerdo si añadió la palabra mamones al final de la frase, pero estaba en su completo derecho. Por si alguien no es capaz de comprender su padecimiento, confieso aquí que entre mis mayores hazañas figuran haber conseguido echar a toda mi familia a la terraza, buscando un soplo de aire fresco tras otra de mis faenas, o hacer esperar diez minutos a mi tío el sacerdote, con su santa paciencia ignaciana, que aguardaba con su bolsa de aseo en la puerta del baño mientras contemplaba cómo me enfrentaba, escobilla en mano, a un enorme dragón que se negaba a batirse en retirada por los entresijos sifoneros de su destino.
De la venta del piso prefiero no seguir hablando porque fue uno de los episodios más lamentables que se recuerda en mi familia. Antes o después, tendré que hablar más sobre mi madre en este blog. Hoy me conformaré con decirles que, pese a los años que llevaba bregando con su viudez, consiguió pagarnos las carreras universitarias a sus tres hijos sin recibir ni un solo duro a cambio del piso en cuestión.
Serán cosas mías, del destino o de la mala suerte: estoy convencido de que el día que mi madre enseñó su piso en venta por primera vez, yo la cagué.

miércoles, 10 de junio de 2009

Cuestión de lógica

Me he dado cuenta de que mi hija Alejandra tiene unas antenitas invisibles, como las de Campanilla, que le hacen estar al tanto de todo lo que sucede a su alrededor cuando parece que no presta atención. No hay escuela; a ser padres aprendemos a medida que nos estrellamos con nuestros propios hijos. Más de una vez, cuando mi carácter me juega una mala pasada y sobrepaso el límite de la bordería, la he escuchado preguntarme: ¿qué le has dicho a mami? En otras ocasiones, un simple ¿qué? le basta para indicarme que he pronunciado algo que no deberían escuchar sus infantiles oídos. Antes de empezar a hablar, su mirada era suficiente para aclararme que estaba entendiendo algo que yo suponía fuera del alcance de su razonamiento o dejaba de jugar repentinamente si pasaban cosas a su alrededor que en principio no debían reclamar su atención.

Una tarde de finales de marzo, cercana a su tercer cumpleaños, caminábamos juntos a la vuelta del parque. Ella empujaba el carrito de su Nenuco y mientras mi atención se centraba en la esquina a la que llegábamos, los radares de sus antenas, siempre en funcionamiento, parecían haber detectado algo. Al darle la mano para cruzar la calle, la escuché preguntar:

- ¿Los papás también se dan la manita?  

Desvié la mirada y sólo vi a una pareja de adolescentes (ella piensa que es un papá cualquier humano que supere el metro y medio de estatura) que paseaban cogidos de la mano.

- Sí, claro- respondí.
- ¡Es para no caerse, papi!- sentenció.


Arquitecto, profesor de Dibujo Técnico y Matemáticas pero no me queda más remedio que admitir, por muy de ciencias que me considere, que es su lógica la aplastante y no la mía. 

Foto: Mi sobrina Patricia de la mano de Ch. Preside la escena un trozo de Andalucía en manos piratas desde hace tres siglos.

viernes, 5 de junio de 2009

Un peralto

Torre Agbar. Barcelona
Al pasar el lunes pasado por las catacumbas del colegio, léase pasillos de 1.º y 2.º de ESO, tuve que pararme frente a una clase en la que se había formado una melé de alumnos que poco tenía que envidiarle a las del Cinco Naciones de Rugby. Plantado frente a la puerta, esperé hasta que el grupo se disolviera. La pelota hizo acto de presencia en forma de alumno descamisado, despeinado y mejor no pensar si habría que añadir otro “des” más a la descripción. Uno de sus amables compañeros me explicó que el juego consistía en practicarle torturas mediante pequeñas dosis de cosquillas colectivas. ¡Ah!, expresé, y me di la vuelta pensando en que el tiempo parecía no haber pasado por aquellas aulas donde, cuando era niño, también me entretenía en los descansos entre clases jugando al Teto -ver última definición- y otras lindezas parecidas. Mi preferida era: 

- ¿Sabes lo qué es un peralto?
- No- respondía mi víctima.
- ¡Un carajo así de alto!- contestaba mientras colocaba la palma de mi mano a la altura de la coronilla.

Otros condiscípulos míos tenían otra afición más artística si cabe: se pasaban el día dibujando, compulsivamente, carajos en los cuadernos, mesas, paredes y pizarras del colegio. A día de hoy, constato que es una costumbre no extinguida aún. Es más, desde que el colegio se hizo mixto, la hicieron extensiva a los cuadernos, agendas y pupitres de sus compañeras de clase.

No piensen que esta afición por el dibujo esquemático de la parte central de la anatomía masculina es algo que se esfume con la edad. El peralto más grande que he visto dibujado en mi vida fue en mi primer curso de Arquitectura. Transcurría el año 1986 cuando los profesionales del sector decidieron que había que oponerse a una recién aprobada ley de incompatibilidad, que afectaba a algunos de ellos, y decidieron usar mano de obra barata para llevar a la calle sus reivindicaciones… 

… Después de pasar toda la noche con el culo pegado al asiento del autobús, nos bajamos en el centro de Madrid y nos dirigimos hacia el punto de encuentro. Al llegar al cruce de calles, a mi derecha había un grupo que cantaba a la policía: ¿de qué escuela son, esos de marrón?, ¿de qué escuela son, esos de marrón?; y por mi izquierda aparecieron otros que gritaban: ¡Rupert, te necesito!, ¡Rupert, te necesito!, coreando el eslogan del famoso peluquero que ante nuestra insistencia tuvo que asomarse para saludar y que le dejásemos trabajar en paz. Cuando me giré, a mi espalda, los alumnos de la escuela de La Coruña formaban la cabecera de la manifestación. Animados por las dificultades de nuestra carrera portaban un enorme carajo, de un par de pisos de alto, que como buenas promesas del campo de la construcción habían cimentado sobre una sólida base que pasó a ser el lema de la protesta. Bajo su imponente presencia una enorme pancarta rezaba: “ARQUITECTURA: LARGA Y DURA”.

N.B. Jean Nouvel es un prestigioso arquitecto francés. Su torre Agbar de Barcelona, de 145 metros de altura, es sin duda uno de los mayores peraltos construidos en Europa. En 1986 tenía 41 años, mi edad actual. Aunque desde hace tiempo guarde un sorprendente parecido con el calvo de la suerte, el que anunciaba la lotería de Navidad, todavía me sigo preguntando si aquel agitado día no estaría con Rupert, dándose un arreglito.

domingo, 31 de mayo de 2009

Lectura comentada

Si ayer hubiese sido un día lectivo y existiese todavía la sala de fumadores del colegio, Juan Antonio, con su Diario de Sevilla en la mano, me habría dicho: ¡Alejandro, escucha esto!

"Los alumnos que no superen la ESO por delante tendrán que devolver el importe de las becas por detrás.
Casi un tercio de los estudiantes españoles dejan las aulas tras la ESO por delante sin concluir su formación por detrás"

No deben de interpretar que los editores del citado periódico se hubieran vuelto locos, nada que ver. A mi amigo le gustaba, cuando la noticia era propicia, hacer una lectura comentada en voz alta intercalando las expresiones "por delante" y "por detrás" en la mitad y final de cada frase. Comenzaba por el titular, proseguía con la cabecera y, si el periodista se ponía a tiro, terminaba atacando el cuerpo de la noticia.

Hoy es domingo y Hello Kitty ha hecho que en casa compremos El País. De una lectura rápida de los titulares extraigo lo siguiente:

Pág.2, refiriéndose al Primer Ministro británico:
Brown avanza por delante hacia la humillación por detrás

Pág. 8, en referencia Nacha Guevara, actriz argentina y candidata justicialista:
No tengo edad por delante para perder el tiempo por detrás

y en la Pág. 29, hablando de la Vicepresidenta económica y Ministra:
Salgado llama a las cajas a "reforzarse" por delante y "redimensionarse" por detrás

Como suelo hacer cuando termino una lección, dejo a mis improvisados alumnos un ejercicio que les sirva para evaluar los conocimientos adquiridos. Pueden practicar con este titular y parte de la cabecera del periódico de ayer (Diario de Sevilla/ sábado 30 de mayo de 2009, pág.10):

El alcalde prioriza el Metro y la Ciudad de la Justicia en su primera cita con Griñán
Monteseirín revela que el presidente de la Junta es "receptivo"

domingo, 24 de mayo de 2009

Damita

Alejandra / 8 de mayo de 2008
El otro día estuve ordenando fotos. Con el final del curso y el enganche bloguero adquirido en fechas recientes llevo un retraso tremendo. La principal ventaja que se les supone a las cámaras digitales se ha convertido en su mayor inconveniente y si te descuidas un poco acumulas varios cientos que debes purgar. Buenas buenas, nunca hay más de tres o cuatro.

En eso estaba cuando apareció la foto de la que muestro aquí un insignificante detalle. Se trata de mi hija Alejandra vestida de damita de honor hace un par de semanas en Córdoba para la boda de su tía más pequeña, su madrina. Estaba sentada en el escalón de la iglesia esperando la llegada de la novia cuando capté el brillo de su mirada en una de esas tomas que sólo salen bien de vez en cuando. Tendréis que creerme si os digo que estaba preciosa vestida de blanco con su cabeza adornada por una coronita de flores. Al llegar la novia nos sorprendió a todos desfilando delante de ella como si fuese la cosa más natural del mundo, sonriente y encantada de sentirse el centro de atención de las miradas. Esa bella imagen me ha inspirado el siguiente haiku:

Flores de mayo
brillo que duerme en su alma,
luz de inocencia.

P.S. No sé si exagero al no mostrar en mi blog la foto completa. Con mucho gusto la compartiría pero no está Internet como para ir dejando por ahí perdidas fotos de preciosidades de tres años. Es una lástima, pero es lo que hay.

viernes, 22 de mayo de 2009

jueves, 21 de mayo de 2009

y desafortunada

(continuación)

El conductor del camión, que volvía de hacer el reparto en el hotel, vio a T al borde del acantilado. La había reconocido antes, de espaldas, cerrando la cancela; era la pequeña que cada año caminaba con las flores y el perro junto a la carretera. Sintió temor de que cayese, pero la vio girar para alejarse del precipicio. Al entrar en la curva no pudo distraer su atención, aunque juraría que algo extraño había sucedido: no logró encontrarla de nuevo al mirar por el espejo retrovisor.

Aunque el conductor no pudo saberlo, su vestido nuevo, demasiado largo quizás, se enganchó en una piedra, la desequilibró y así cayó al vacío. Su testimonio fue fundamental para que el juez, al pie del acantilado, certificara que se trataba de un desafortunado accidente. Levantaron el cuerpo ignorando al perro que flotaba junto a ella. Ni la corona de flores, ni la cruz que la sostuvo se tuvieron en cuenta para reforzar la hipótesis del suicidio. Su aparición en escena fue considerada una casualidad, pese a que se admitiera que las flores parecían recién cortadas. El juez actuaba motivado por un hondo sentimiento de compasión: de nada serviría seguir investigando y dio el caso por cerrado lo más rápido que pudo. En sus manos recayó la responsabilidad de quitarle a los padres esa segunda losa de encima.

El que también calló para siempre fue su abuelo. Pensaba que era demasiado chiquilla para eso, pero no podía creer en el infortunio. Él había nacido allí, en la casa del viejo marinero, y allí murió ese mismo día, aunque su cuerpo deambulara varios años más por el lugar. Con frecuencia, se encerraba en la habitación en la que su pequeña nieta, diez años atrás, se atravesó el dedo con un anzuelo. Su mano derecha quedó casi incapacitada y a menudo la entretenía enseñándole el secreto de los nudos marineros. Para T inventó uno con el que no necesitara usar su dedo enfermo. No le cupo duda, el mismo que sostenía el travesaño de la cruz.

Tiene la tarara
un dedito malo
que no se lo cura
ningún cirujano

N.B. Cuando el sábado pasado subí al coche no sentía ninguna animadversión hacia La Tarara. Que mi hija Alejandra me hiciese escuchar quince veces seguidas la dichosa canción tiene bastante que ver con este premeditado ajuste de cuentas. Espero que me comprendan.

miércoles, 20 de mayo de 2009

dulce

(continuación)

T, al otro lado de la carretera, oyó el ruido mientras cerraba de nuevo la cancela. No fue el sonido del camión, sino un leve quejido, lo que llamó su atención. Al volverse, vio su cuerpo en la cuneta. Reconoció al perro de las orejas caídas que la acompañaba en sus paseos.

Sin saber bien la razón, lo llevó hasta la curva cerrada junto al acantilado, la de las vistas bellas que resultaba peligrosa si no se circulaba con precaución. Pasó un rato con el perro en brazos y decidió arrojarlo al mar. Pensó que no estaba bien acabar su funeral de esa manera. Tomó dos palos y un trozo de cuerda que encontró, los anudó lo mejor que supo y los clavó entre dos rocas. Volvió en busca de las flores y las enredó formando una corona que colgó de la cruz. Puesta en pie, rezó una oración y recitó los versos que su abuela le había enseñado durante las largas tardes que pasó ingresada en el hospital en aquel verano de infausto recuerdo.

Despidió a su amigo con un derroche de encantadora e inocente dulzura.

Tiene la Tarara
un cesto de flores
que si se las pido
me da las mejores

martes, 19 de mayo de 2009

Previsora

T cerró la cancela temprano, radiante, con su vestido blanco recién estrenado. Se dirigía a recoger flores silvestres que poblaban las cunetas por primavera. Otro año más, en Semana Santa, había tomado rumbo al norte con sus padres para pasar las vacaciones con su abuelo. Vivía en una vieja casa que dominaba las vistas del paisaje incorrupto de acantilados. Su abuelo, al que cada año se le hacía más larga la espera, solía decir de ella que era una niña dulce, prudente y desafortunada; esto último en recuerdo del desgraciado accidente sufrido en su casa cuando era más pequeña.

Cruzó con cautela la carretera y se detuvo junto al letrero que anunciaba el hotel, situado al pie de la playa. Pese a ser previsora, había olvidado el cesto para guardar las flores. Las dejó allí mismo, y regresó sobre sus propios pasos.

Sucedió muy rápido y aparentemente de acuerdo con un macabro guión preestablecido: las flores en el suelo, la llegada del camión y el cuerpo inerte tendido en la cuneta, junto al ramo que instantes antes portaba en su mano.


Tiene la Tarara
un vestido blanco
que sólo se pone
en el Jueves Santo

domingo, 17 de mayo de 2009

Kaikus

Cuando comencé a visitar el blog de mi amigo José Miguel y a curiosear en los que él comentaba reparé en que los autores e incondicionales seguidores hablaban de los Haikus con la misma naturalidad con la que yo nombro la Homología y la Homotecia en mis clases de Dibujo Técnico. No quedaba duda alguna, se referían a esos extraños versos de color azul y sin rima aparente. Ni que decir tiene que me sentí avergonzado por mi incultura y les presté desde entonces toda la atención posible para comprenderlos y saborearlos como merecían. ¿Verdad, Julio?

Conforme fueron pasando las entradas tomé confianza e incluso me atreví a comentar algunos. Pronto me convencí, yo no era ningún borrico. Traté de hacer memoria y, salvo que algún comentarista me corrija hoy, no recuerdo que D. Rafael Utrera hablara de ellos en sus clases de Lengua y Literatura de COU. Tuve que recurrir a Internet para descifrar su ley compositiva, que puede resumirse en 17 sílabas repartidas en 3 filas de forma capicúa. Otra vez los malditos números.

Puedo estar equivocado pero he llegado a la conclusión de que la mayoría de los comentaristas de estos blogs tienen una colección de haikus escritos y que sólo los más valientes son capaces de soltarlos. Para el que quiera iniciarse le invito a un paseo por las ventanas situadas a su derecha. En ellas pueden ver a Jesús justificarse por no escribirlos, admirar la deliciosa colección de Juan Antonio, probar las legumbres de Julio o disfrutar con los del variopinto e ingenioso Ridao. ¡Como no! yo también reconozco que he dedicado un ratito al asunto y me ha salido esto. Espérense un momento que lo pinto de azul y ...¡Ahí va!

Es tu agrio sabor
mi fuente de inspiración
¡Qué mala leche!

No he tenido más remedio que bautizarlo como Kaiku.

P.S. Además de ser una marca comercial de productos lácteos, Kaiku en Euskera es un cuenco de madera con mango para recoger la leche. Al buscar su definición en un diccionario también he encontrado que kaikutu significa volverse majadero.

viernes, 15 de mayo de 2009

Palos de ciego

Hace poco menos de un mes, mientras me decidía a abrir mi blog, me dio por escribir esta entrada. No sé si es apropiado recuperar una noticia ya pasada pero ésta no la quiero pasar por alto. Con ella inauguro mi sección "Tercio de Varas".

El pasado 16 de abril, mientras me afeitaba, escuché en el boletín informativo que el Gobierno de Cataluña recibiría 47,5 millones de euros, un 32% más que el año anterior, para el desarrollo de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a la Dependencia. El acuerdo que firmaba personalmente la recién estrenada Ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, dejaba de repartir los fondos en función de la población dependiente de cada autonomía y un porcentaje pasaba a distribuirse por el número de casos ya valorados, aspecto que parecía beneficiar claramente a Cataluña. Hasta ahí bien, pero...
Hablaron también de la Consejera de Acción Social y Ciudadanía, Carme Capdevila, que había afirmado lo siguiente: "estos criterios benefician a Cataluña, es un «premio al trabajo bien hecho»".

¡Coño! casi me corto. ¿No fue en Cataluña dónde un invidente recibió meses atrás una carta comunicándole que le correspondía una paga de un céntimo mensual como ayuda por la Ley de Dependencia?

¡Buen trabajo! Sí señor.
¡Bona feina! que se dice en catalán o "buena faena" si lo castellanizamos.

N.B. ¡Ricardo! Leña al mono.

martes, 5 de mayo de 2009

Cinco

Desde hace varios años, la Real Maestranza de Caballería, propietaria de la Plaza de Toros de Sevilla, confía la elaboración de sus carteles a artistas contemporáneos. La iniciativa partió del desaparecido pintor Juan Maestre y, desde 1994, reputados pintores como Miquel Barceló, Alex Katz, Eduardo Arroyo, Carmen Laffón, Fernando Botero o Guillermo Pérez Villalta han diseñado carteles cuya imagen se aleja del prototipo habitual de las tiendas de souvenirs. El de la presente temporada 2009 lo ha dibujado Manuel Salinas. Más que un cartel, me parece un monumento erigido a la tauromaquia.

Se trata de la figura de un toro negro recortada sobre fondo blanco; una composición que recuerda a la de Osborne pero, a diferencia de ésta, Salinas nos lo muestra de frente y en brava carrera. Es una imagen potente y aunque definida solo por su silueta, los trazos son capaces de expresar el trapío del toro dispuesto a embestir. El punto de vista elegido es inusitadamente bajo. Como no porta banderillas en su lomo, pienso, aunque pueda equivocarme, que la intención del autor es enseñarnos la visión que tendría el torero postrado en la plaza para recibirlo a portagayola. 

Desconozco las razones por las que comenzar así la lidia del animal. No son muchas las ocasiones en las que lo he visto en La Maestranza, pero siempre el mismo ritual: areneros que se retiran, sonido de clarines y el maestro que se dirige decidido hacia el centro, se ajusta la montera, se arrodilla en el albero y despliega pacientemente el capote ante sí como si de un abanico se tratase. Mira hacia la puerta de toriles, se santigua y levanta con descaro la barbilla, en gesto torero, haciéndonos ver que está preparado y la suerte ya echada. Las bisagras chirrían y el silencio se torna murmullo al asomarse el toro que se para y mira a ambos lados antes de atender a la diminuta figura aferrada a un paño, color de sangre, que lo reclama para que inicie su carrera.

Yo, paralizado por el pánico, cierro los ojos y espero… uno… dos… tres… cuatro… cinco interminables segundos rotos por una sonora ovación. Al abrir los ojos, veo al torero que busca el encuentro de nuevo; pretende brindarnos los lances que le abran las puertas del cielo.

Hoy, cinco de mayo de 2009, he decidido que llevo demasiado tiempo contemplando este espectáculo desde la barrera. Recién acabada la fiesta, es el momento de armarme de valor y saltar al ruedo para dar cuenta de mi primer toro. En mi alternativa me ha tocado en suerte la brega de este astado. Con el permiso de Salinas, su autor, lo he bautizado con el nombre de Indultado.

Callan los clarines, me ajusto la montera y estiro mi chaquetilla antes de abandonar el burladero. Me encamino hacia los medios y, arrodillado frente a los toriles como estoy, despliego torpemente el capote, sin poder levantar con descaro la barbilla porque soy yo quien humillo para poder leer lo que he escrito antes de arrimar, sin demasiadas prisas, el ratón que tomo por estoque y me sirve para apuntarle al morrillo del botón que dice “publicar entrada” y esperar… uno… dos… tres… cuatro… ¡cinco!