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sábado, 19 de marzo de 2022

placebo

Amanece un día precioso en Sevilla. Desde la elíptica de mi gimnasio se ve el paseo del río por el que tantas veces he trotado, mi hábitat natural cualquier mañana de sábado, como la de hoy, hasta hace dos meses.

Nada de correr de momento, me dijo mi fisio la última vez que nos vimos. Elíptica, bicicleta estática, estiramientos, sentadillas, prensa y máquinas de remo, isquios o cuádriceps, puedes hacer; más un poquito de tonificación si te apetece.

Placebo, puro placebo.

miércoles, 21 de abril de 2010

Entre dos aguas



Leo, y no es la primera vez, que el Bolero de Ravel dura lo mismo que (debiera) el acto amoroso y sirve, incluso, como discreto acompañante capaz de marcar el ritmo de nuestra entrega. Hago un esfuerzo y me meto en la piel del compositor francés e, incluso, imagino cómo dibuja en un pentagrama diez minutos de pasión repletos de redobles de tambores que incitan a musitar, entre susurros, monamoures, sivouspleses, oui-oui-ouises, olalases y sefinises, tan ajenos a nuestro jolgorio patrio. Hoy, me levanto en rebelión contra los vecinos gabachos y monto mi particular Dos de Mayo en defensa del Producto Nacional Bruto. A ver quién es el afrancesado que me niega que no sea "Entre dos aguas", del maestro Paco de Lucía, la música que mejor acompase el apareamiento humano.

El Bolero comienza como una marcha militar llamando a filas a unos actores que parecen dirigirse a la instrucción de forma obligada, mientras que la composición del gaditano lo hace con una sugerente aparición de instrumentos que invitan a entrar suavemente en faena. Conforme avanza, la composición francesa sigue igual de monótona y machaca reiteradamente a sus aburridos amantes que parecen traer la lección aprendida de memoria. En cambio, los magistrales cambios de ritmo que soplan por la Bahía reflejan el sentimiento e improvisación que nos damos para cualquier arte.

Y el final, ¿qué me dicen del final? El Bolero de Ravel termina con la irrupción de unos vientos que suenan más a gatillazo que a otra cosa, y resulta imposible distinguir si la pareja alcanzó el clímax o el regazo de Morfeo.

¿Y el final? ¿Que qué decir del final? Que solo tienen que teclear “entre dos aguas” en YouTube para comprobar que el final… es el algecireño quien lo clava.

domingo, 10 de enero de 2010

¡WARNING!

Os confieso que soy uno de esos bichos raros que lee las instrucciones de todo lo que compra antes de empezar a usarlo. Siempre aparece, en lugar bien visible, la palabra que titula esta entrada... que te hace pensar si no sostendrás entre tus manos una bomba de relojería a punto de estallar.

Como ya sabrán los seguidores de varios blogs amigos, una vez más, los niños de Sevilla volvieron al colegio el 7 de enero con muchos de sus juguetes aún sin desembalar. Yo, que soy muy mal pensado, creo que es una maniobra administrativa para que el próximo año escribamos nuestras cartas al gordopilo escandinavo. Así no tendremos de qué quejarnos.

Por esta razón y la nevada de la que nos hemos librado hoy en Sevilla, por tan solo un par de grados, este fin de semana lo hemos dedicado a estrenar en casa los juguetes que trajeron los Reyes.

El libro de instrucciones de algunos de ellos es para mondarse. Les dejo como ejemplo tres útiles consejos:

En las instrucciones de un triciclo, de los que llevan un arnés de sujeción y palanca para empujarle, leo que "el vehículo infantil no cumple los requisitos recogidos en el Código de circulación. No utilizar sobre la vía pública"... consejo que, francamente, agradezco porque a mí no se me habría ocurrido pensarlo.

El fabricante de un teléfono de juguete me indica que "las baterías pueden dañar si se tragan. Consulte inmediatamente un doctor en el caso de que se un niño se trague una". También se insiste en que "deje las baterías fuera del alcance de los niños - peligro de sofocar".

Así que... conociendo a mi hijo, que se sofoca por cualquier tontería, dejaré siempre las pilas fuera de su alcance... no se sea que se sofoque al verlas y tengamos que avisar un doctor.

lunes, 4 de enero de 2010

Cordobés hasta el cogote

Leo en la página 218 del “Libro de oro de la poesía en lengua castellana” que me prestó mi bibliotecario, Sir Arthur Evans, este apunte biográfico:

Nació en Córdoba (desde donde les saludo). Su padre, don Francisco de Argote, era famoso letrado, y su madre, doña Leonor de Góngora, pertenecía a una noble familia. Antepuso el apellido materno al paterno por parecerle más noble y más eufónico…

Y así tuvo que ser, porque siendo cordobés y llamándose Luis Argote, cabe suponer que con esos amigotes, antes o después, al igual que a los sonetos… lo rematase un estrambote.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Justo castigo


Me sorprendió encontrar este pergamino en la despensa der fede. Conocía su afición por el equipo de fútbol del barrio y por el olor a incienso. Ahora descubro sus pasiones culinarias y no sé si literarias. Para quien no lo conozca, Federico es el peluquero nervionense por cuyas tijeras hemos dejado de pasar algunos de los que aquí escribimos o comentamos. Harto de ver cómo nuestras lustrosas calvas pasaban, sin parar, ante la puerta de su negocio; decidió abrir una taberna a dos esquinas del lugar. Como a medida que disminuía su materia prima observó que nos crecía cierta curva a media altura, debió pensar en el negocio que supondría conquistar nuestras despensas.

Ya he dicho que desconozco si, además, tiene interés por la literatura, pero... ¡ahí quedó! -cuántas veces habrá pronunciado esta frase-... clavado este cartel. Como la pena capital me parece excesiva, veo justo este castigo... o que también se queden calvos qualesquiera personas que la excomunión les traiga al fresco.

Hai que ioderse.