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domingo, 17 de enero de 2010

Tratado de buenas maneras

Aunque soy una persona discreta y educada, sé que de vez en cuando escribo algunos improperios en las entradas o comentarios de mi blog.

¡Se acabó! A partir de hoy mi casa será un exquisito lugar de reunión donde prime la elegancia sobre el mal gusto. La razón es bien sencilla: desde hace una semana este país cuenta con una nueva internauta que me espía a hurtadillas... aunque siga sin entender cómo puedo escribir algo tan estúpido como que una nube sea un vaso de lluvia. Espero que mis instrucciones queden claras y sean bien recibidas por el respetable.

¡Un besito, mamá!

domingo, 17 de mayo de 2009

Kaikus

Cuando comencé a visitar el blog de mi amigo José Miguel y a curiosear en los que él comentaba reparé en que los autores e incondicionales seguidores hablaban de los Haikus con la misma naturalidad con la que yo nombro la Homología y la Homotecia en mis clases de Dibujo Técnico. No quedaba duda alguna, se referían a esos extraños versos de color azul y sin rima aparente. Ni que decir tiene que me sentí avergonzado por mi incultura y les presté desde entonces toda la atención posible para comprenderlos y saborearlos como merecían. ¿Verdad, Julio?

Conforme fueron pasando las entradas tomé confianza e incluso me atreví a comentar algunos. Pronto me convencí, yo no era ningún borrico. Traté de hacer memoria y, salvo que algún comentarista me corrija hoy, no recuerdo que D. Rafael Utrera hablara de ellos en sus clases de Lengua y Literatura de COU. Tuve que recurrir a Internet para descifrar su ley compositiva, que puede resumirse en 17 sílabas repartidas en 3 filas de forma capicúa. Otra vez los malditos números.

Puedo estar equivocado pero he llegado a la conclusión de que la mayoría de los comentaristas de estos blogs tienen una colección de haikus escritos y que sólo los más valientes son capaces de soltarlos. Para el que quiera iniciarse le invito a un paseo por las ventanas situadas a su derecha. En ellas pueden ver a Jesús justificarse por no escribirlos, admirar la deliciosa colección de Juan Antonio, probar las legumbres de Julio o disfrutar con los del variopinto e ingenioso Ridao. ¡Como no! yo también reconozco que he dedicado un ratito al asunto y me ha salido esto. Espérense un momento que lo pinto de azul y ...¡Ahí va!

Es tu agrio sabor
mi fuente de inspiración
¡Qué mala leche!

No he tenido más remedio que bautizarlo como Kaiku.

P.S. Además de ser una marca comercial de productos lácteos, Kaiku en Euskera es un cuenco de madera con mango para recoger la leche. Al buscar su definición en un diccionario también he encontrado que kaikutu significa volverse majadero.

martes, 5 de mayo de 2009

Cinco

Desde hace varios años, la Real Maestranza de Caballería, propietaria de la Plaza de Toros de Sevilla, confía la elaboración de sus carteles a artistas contemporáneos. La iniciativa partió del desaparecido pintor Juan Maestre y, desde 1994, reputados pintores como Miquel Barceló, Alex Katz, Eduardo Arroyo, Carmen Laffón, Fernando Botero o Guillermo Pérez Villalta han diseñado carteles cuya imagen se aleja del prototipo habitual de las tiendas de souvenirs. El de la presente temporada 2009 lo ha dibujado Manuel Salinas. Más que un cartel, me parece un monumento erigido a la tauromaquia.

Se trata de la figura de un toro negro recortada sobre fondo blanco; una composición que recuerda a la de Osborne pero, a diferencia de ésta, Salinas nos lo muestra de frente y en brava carrera. Es una imagen potente y aunque definida solo por su silueta, los trazos son capaces de expresar el trapío del toro dispuesto a embestir. El punto de vista elegido es inusitadamente bajo. Como no porta banderillas en su lomo, pienso, aunque pueda equivocarme, que la intención del autor es enseñarnos la visión que tendría el torero postrado en la plaza para recibirlo a portagayola. 

Desconozco las razones por las que comenzar así la lidia del animal. No son muchas las ocasiones en las que lo he visto en La Maestranza, pero siempre el mismo ritual: areneros que se retiran, sonido de clarines y el maestro que se dirige decidido hacia el centro, se ajusta la montera, se arrodilla en el albero y despliega pacientemente el capote ante sí como si de un abanico se tratase. Mira hacia la puerta de toriles, se santigua y levanta con descaro la barbilla, en gesto torero, haciéndonos ver que está preparado y la suerte ya echada. Las bisagras chirrían y el silencio se torna murmullo al asomarse el toro que se para y mira a ambos lados antes de atender a la diminuta figura aferrada a un paño, color de sangre, que lo reclama para que inicie su carrera.

Yo, paralizado por el pánico, cierro los ojos y espero… uno… dos… tres… cuatro… cinco interminables segundos rotos por una sonora ovación. Al abrir los ojos, veo al torero que busca el encuentro de nuevo; pretende brindarnos los lances que le abran las puertas del cielo.

Hoy, cinco de mayo de 2009, he decidido que llevo demasiado tiempo contemplando este espectáculo desde la barrera. Recién acabada la fiesta, es el momento de armarme de valor y saltar al ruedo para dar cuenta de mi primer toro. En mi alternativa me ha tocado en suerte la brega de este astado. Con el permiso de Salinas, su autor, lo he bautizado con el nombre de Indultado.

Callan los clarines, me ajusto la montera y estiro mi chaquetilla antes de abandonar el burladero. Me encamino hacia los medios y, arrodillado frente a los toriles como estoy, despliego torpemente el capote, sin poder levantar con descaro la barbilla porque soy yo quien humillo para poder leer lo que he escrito antes de arrimar, sin demasiadas prisas, el ratón que tomo por estoque y me sirve para apuntarle al morrillo del botón que dice “publicar entrada” y esperar… uno… dos… tres… cuatro… ¡cinco!