Mostrando entradas con la etiqueta Micros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Micros. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de diciembre de 2009

Año nuevo, vida nueva

Poco antes de la medianoche encendió el televisor. Decidió que por cada uva que tomase desaparecería uno de sus problemas: Uno, hipoteca - dos, sobrepeso - tres, pensión - cuatro, juego - cinco, dividendos - seis, trabajo - siete, coche - ocho, inspiración - nueve, amigos - diez, Pedrito - once, Carmen - doce, Yolanda.

Y así fue. Al amanecer del recién estrenado enero, su amante se había ido. En febrero, su mejor amigo llevó a su ex mujer ante el altar. En marzo, dejó de visitarlo su hijo. En abril, el resto de amigos. En mayo, compró un ejemplar de sus poemas firmados por su desaparecida amante. En junio, se quedó sin coche. En julio, sin empleo. En agosto, malvendió sus depreciadas acciones. En septiembre, apostó a la jugada equivocada. En octubre, no pudo pagar la compensatoria del niño. Su sobrepeso era historia en noviembre y, en diciembre, fue desahuciado por el banco.

Esta noche se acostará en una cama de cartón ante la puerta de la entidad concesionaria de su hipoteca; alejada, por suerte, de la Puerta del Sol.

Feliz 2010... pese a todo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Dejar de fumar

A medida que ascendía por la zigzagueante carretera, las edificaciones se fueron dispersando, el asfalto se hizo más rugoso y las coníferas comenzaron a poblar sus esbeltas copas de algodón helado. Pese al frío, bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo sin perder de vista al camión rojo que apareció por la curva a la que se acercaba. Al llegar a su altura fue incapaz de exhalar el humo del tabaco, paralizado como quedó por la maniobra de adelantamiento que inició la furgoneta de Seur Express que seguía al pesado vehículo. La cara sonriente del repartidor y el logotipo de Marlboro, su marca de toda la vida, grabado en el lateral del camión, fue lo último que vio antes de despertarse.

Le ocurría con frecuencia; cada vez que sus obligaciones laborales le llevaban hasta ese recóndito paraje. Ahora, conduciendo por la estrecha carretera, el desfiladero le parecía un carril de Scalextric que le llevaba prisionero entre las paredes de roca y los quitamiedos metálicos. Pese al frío, bajó la ventanilla y encendió su último cigarro, con la mirada clavada en el morro del camión rojo que la curva le escupió.

viernes, 22 de mayo de 2009

jueves, 21 de mayo de 2009

y desafortunada

(continuación)

El conductor del camión, que volvía de hacer el reparto en el hotel, vio a T al borde del acantilado. La había reconocido antes, de espaldas, cerrando la cancela; era la pequeña que cada año caminaba con las flores y el perro junto a la carretera. Sintió temor de que cayese, pero la vio girar para alejarse del precipicio. Al entrar en la curva no pudo distraer su atención, aunque juraría que algo extraño había sucedido: no logró encontrarla de nuevo al mirar por el espejo retrovisor.

Aunque el conductor no pudo saberlo, su vestido nuevo, demasiado largo quizás, se enganchó en una piedra, la desequilibró y así cayó al vacío. Su testimonio fue fundamental para que el juez, al pie del acantilado, certificara que se trataba de un desafortunado accidente. Levantaron el cuerpo ignorando al perro que flotaba junto a ella. Ni la corona de flores, ni la cruz que la sostuvo se tuvieron en cuenta para reforzar la hipótesis del suicidio. Su aparición en escena fue considerada una casualidad, pese a que se admitiera que las flores parecían recién cortadas. El juez actuaba motivado por un hondo sentimiento de compasión: de nada serviría seguir investigando y dio el caso por cerrado lo más rápido que pudo. En sus manos recayó la responsabilidad de quitarle a los padres esa segunda losa de encima.

El que también calló para siempre fue su abuelo. Pensaba que era demasiado chiquilla para eso, pero no podía creer en el infortunio. Él había nacido allí, en la casa del viejo marinero, y allí murió ese mismo día, aunque su cuerpo deambulara varios años más por el lugar. Con frecuencia, se encerraba en la habitación en la que su pequeña nieta, diez años atrás, se atravesó el dedo con un anzuelo. Su mano derecha quedó casi incapacitada y a menudo la entretenía enseñándole el secreto de los nudos marineros. Para T inventó uno con el que no necesitara usar su dedo enfermo. No le cupo duda, el mismo que sostenía el travesaño de la cruz.

Tiene la tarara
un dedito malo
que no se lo cura
ningún cirujano

N.B. Cuando el sábado pasado subí al coche no sentía ninguna animadversión hacia La Tarara. Que mi hija Alejandra me hiciese escuchar quince veces seguidas la dichosa canción tiene bastante que ver con este premeditado ajuste de cuentas. Espero que me comprendan.

miércoles, 20 de mayo de 2009

dulce

(continuación)

T, al otro lado de la carretera, oyó el ruido mientras cerraba de nuevo la cancela. No fue el sonido del camión, sino un leve quejido, lo que llamó su atención. Al volverse, vio su cuerpo en la cuneta. Reconoció al perro de las orejas caídas que la acompañaba en sus paseos.

Sin saber bien la razón, lo llevó hasta la curva cerrada junto al acantilado, la de las vistas bellas que resultaba peligrosa si no se circulaba con precaución. Pasó un rato con el perro en brazos y decidió arrojarlo al mar. Pensó que no estaba bien acabar su funeral de esa manera. Tomó dos palos y un trozo de cuerda que encontró, los anudó lo mejor que supo y los clavó entre dos rocas. Volvió en busca de las flores y las enredó formando una corona que colgó de la cruz. Puesta en pie, rezó una oración y recitó los versos que su abuela le había enseñado durante las largas tardes que pasó ingresada en el hospital en aquel verano de infausto recuerdo.

Despidió a su amigo con un derroche de encantadora e inocente dulzura.

Tiene la Tarara
un cesto de flores
que si se las pido
me da las mejores

martes, 19 de mayo de 2009

Previsora

T cerró la cancela temprano, radiante, con su vestido blanco recién estrenado. Se dirigía a recoger flores silvestres que poblaban las cunetas por primavera. Otro año más, en Semana Santa, había tomado rumbo al norte con sus padres para pasar las vacaciones con su abuelo. Vivía en una vieja casa que dominaba las vistas del paisaje incorrupto de acantilados. Su abuelo, al que cada año se le hacía más larga la espera, solía decir de ella que era una niña dulce, prudente y desafortunada; esto último en recuerdo del desgraciado accidente sufrido en su casa cuando era más pequeña.

Cruzó con cautela la carretera y se detuvo junto al letrero que anunciaba el hotel, situado al pie de la playa. Pese a ser previsora, había olvidado el cesto para guardar las flores. Las dejó allí mismo, y regresó sobre sus propios pasos.

Sucedió muy rápido y aparentemente de acuerdo con un macabro guión preestablecido: las flores en el suelo, la llegada del camión y el cuerpo inerte tendido en la cuneta, junto al ramo que instantes antes portaba en su mano.


Tiene la Tarara
un vestido blanco
que sólo se pone
en el Jueves Santo