martes, 17 de mayo de 2011

Mi armario (entrada inédita)

Cuando hace un año y medio comencé a escribir en mi blog, tenía pocas pretensiones y lo último que podía imaginar era ver mi nombre impreso en el lomo de un libro.
          Comencé a escribir de forma clandestina, aprovechando las últimas horas del día que, pese al cansancio, pude comprobar que eran las más productivas. Podrían contarse con los dedos de una mano las personas a las que les conté mi recién estrenada afición, y como a día de hoy, la mayoría de mi entorno: familia, amigos y trabajo, sigue sin saber nada de mi lado oculto, he decidido dar la cara, definitivamente, dedicándoles esta entrada. Ya que no lo hice a su debido tiempo, sírvame este texto para salir ahora del armario.
          Con la soga al cuello es un compendio de cincuenta entradas de mi blog, Desde mi ventana, publicadas entre mayo de 2009 y agosto de 2010. El título está tomado de uno de los textos de la selección y lo he elegido porque sintetiza, perfectamente, cómo me he sentido en estos dieciséis meses en los que he necesitado hacer encajes de bolillos, con una soga, para compatibilizar la escritura con mi vida familiar y laboral, a costa, como pueden imaginar, de reducir las horas de sueño. En su día pensé que A salto de mata habría sido otro título adecuado pero, si no recuerdo mal, Paul Auster se me adelantó hace unos años.
          El culpable de que haya llegado hasta aquí es José Miguel Ridao, que además de haber tenido la amabilidad de escribir el prólogo, fue la persona que me inició en el fascinante mundo de los blogs y, por tanto, de la escritura. También quiero agradecerle a Julio Ariza su confianza en mí, así como los buenos consejos que me ha dado y la paciencia que siempre ha mostrado para aclarar mis dudas o revisar algunos de mis textos. Y cómo no, sería injusto olvidarme de Javier Sánchez Menéndez, que pensó que un libro sobre mi blog podría tener cabida en la colección Álogos de la editorial que dirige.
          Desde que termine de escribir este texto hasta que sea publicado pasarán, al menos, otros cuatro meses en los que espero que en mi blog no se produzcan demasiados cambios. Puede que la novedad de sentirme observado influya de alguna forma en mi manera de escribir o en los temas que aborde, pero pueden dar por seguro que no renunciaré a seguir destripando la realidad con buenas dosis de ironía y sentido del humor. En cualquier caso, no lo duden: en http://alejamu.blogspot.com tienen su casa.
          Hace un año y medio inauguraba mi blog recibiendo la publicación de mi escritura a portagayola y puede que ahora sea el momento de que el soberano público se pronuncie. Un principiante como yo no debe aspirar a que el respetable le conceda los preciados trofeos reservados para los grandes maestros; por eso, servidor de ustedes se conformaría con una simple vuelta al ruedo... preferiblemente, no viéndose arrastrado por un tiro de mulillas.
          Se hará lo posible.

Playa de Matalascañas, 28 de agosto de 2010

viernes, 18 de junio de 2010

El candidato

Supongo que quien leyera mi última entrada captaría su sentido irónico. Aunque pueda no importarme demasiado haberme tomado a broma el tema de la muerte, me quedó cierto regusto amargo por situar, con nombres y apellidos, a célebres personajes ante su terrorífica guadaña. Es más, los dos primeros comentaristas, Alegre Opinador y Jesús Cotta, podrían corroborar cómo dejaron sus comentarios detrás de una coletilla de dudoso gusto que remataba mi escrito. Borrar la frase "¡Hagan sus apuestas, señores!" fue lo primero que hice al comenzar el nuevo día.

Les traigo a mi blog una imagen de dos de los nominados. En ella pueden ver cómo acompasan sus pasos, ante un manto vegetal, dos personas que tuvieron que hacer lo propio, hace más de treinta años, ante el telón de fondo de nuestra transición hacia la democracia. A la izquierda, su Majestad, que actualmente convalece de una operación en la que se le extirpó un tumor; apoya su brazo derecho sobre un enfermo Adolfo Suárez, que padece de Alzheimer y, sobre todo, del dolor indeleble provocado por el cáncer que le arrebató a su mujer, Amparo, a su hija Miriam y rozó de paso a su pequeña Sonsoles.

No sé por qué, pero me parece una imagen deliciosa y capaz de conmoverme. No creo que se deba a la presencia del Rey, pues no siento por su familia esa desmesurada admiración que tienen muchos de mis compatriotas. Que nadie me malinterprete: me incomoda tener que situarme, forzosamente, entre dos extremos contrapuestos y quiero dejar claro que me siento a años luz del significado que tiene la palabra República en España. Debe de ser, por tanto, la imagen de Adolfo Suárez la que me estremezca: un político cuyo recuerdo está irremediablemente ligado a mi infancia y cuya voz, dirigiéndose con su acento castellano a la nación, forma parte de mi imaginario de la época. Un político que consiguió aglutinar, en torno a sí, las ilusiones de millones de personas incapaces de identificarse con alguno de los polos contrapuestos que tanto daño se hicieron. Un político al que he aprendido a valorar, cada vez más, por el hastío y la desazón que me provocan los continuos rifirrafes de la clase política actual e, incluso, un perfil político al que suelo echar de menos cuando acudo a votar.

Con el tiempo, he sido capaz de entender que Adolfo Suárez fue un hombre responsable y trabajador, con sentido de Estado y guiado, en todo momento, por su coherencia y sentido del deber. Un político que no dudó en presentar su dimisión cuando comprobó que cada vez contaba con menos apoyos dentro de su propio partido o de la Corona. Un político que dio una lección de saber qué lugar le correspondía al cargo público que ostentaba, el 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados, en plena sesión de investidura de su sucesor Calvo Sotelo. Un político que únicamente se movió de su asiento para tratar de salvaguardar la integridad del general Manuel Gutiérrez Mellado, que no se amedrentó ante los asaltantes y les plantó cara.

Creo que nuestra sociedad está lo suficientemente madura como para que no volvamos a padecer ninguna intentona golpista más. Esto nos lo debemos a nosotros mismos y no a los que tratan, o anhelan, gobernarnos. Llegado el hipotético caso, la gran diferencia respecto a hace 29 años sería que la totalidad del parlamento actual se echaría al suelo y veríamos cómo los más cercanos a la banqueta del Presidente tendrían que taparse las narices con sus manos.

lunes, 3 de mayo de 2010

El perro de Goya

Perro semihundido (1819-1823)
Francisco de Goya y Lucientes
131 x 79 cms. Museo del Prado

Recuerdo, como si fuera ayer, mi primera visita al Prado. Los rostros alargados de El Greco, los delirios de El Bosco, los ángeles de Murillo, la luz en Velázquez y el niño absorto ante el perro. Recuerdo, como si fuera ayer, el irremediable tirón de brazo que me dio mi hermano, que no comprendía qué hacía yo allí plantado, ajeno al resto del mundo.

Ahora, escribo agotado desde mi taller de restauración en el propio museo, después de tres días de encierro en los que apenas he comido ni dormido. A mi derecha, el lienzo de Goya, a mi izquierda, su radiografía a tamaño real. Frente a mí, el ordenador en el que escribo, que ha de servirme para redactar el informe de la restauración del cuadro que inicia mi equipo mañana.

Quizá debería comenzar a escribir que la limpieza del cuadro debe respetar la oxidación de los barnices que envejecieron sus ocres, que sus manchas son ya pátinas que no debemos eliminar por completo y que no es mi intención travestir de nuevo a otro Goya.

Quizá debería comenzar a escribir que las placas demuestran que junto al perro no hay gato encerrado, que pese a las teorías que afirman que es una obra inacabada, los análisis demuestran que es una obra completa, una obra maestra que debe ser misión de otros interpretar.

Quizá debería comenzar a escribir mi carta de dimisión al Patronato, o tal vez al Ministerio, pues pasé el día de ayer con una gran lupa pegada a la pupila del perro, estudiando cada detalle de la pequeña pincelada que me hipnotizó de pequeño y que llevo todo el día de hoy haciendo lo que mi profesionalidad debería haberme impedido, convirtiendo, con una minúscula espátula, el óleo blanco en imperceptible polvo de siglos.

Quizá, jamás debería escribir que tras muchas horas de minucioso trabajo descubrí el olor a pólvora encerrado en la mirada del animal, sediento por no encontrar más que sangre para calmar su sed en el camino por el que vaga desde la Puerta del Sol a la de Alcalá. Quizá, jamás debería escribir que rascando en su pupila encontré el reflejo textil mostaza del insurrecto y, bajo él, la sangre derramada en el charco, con la certeza de que si buscaba más arriba encontraría el blanco de la camisa, bajo la tez oscura, de un crucificado descamisado a punto de caer en otro monte Calvario.

Agotado como estoy, me quedan varias horas para intentar restituir la pintura a su estado original. Agotado como estoy, sé que mi informe no incluirá que la mirada del perro solo implora que un soldado francés le dé su tiro de gracia o, que al menos, tenga la amabilidad de rematarlo con su bayoneta... a escasos metros de aquí.

El 3 de mayo de 1808 en Madrid:
los Fusilamientos de la Montaña del Principe Pío (1814)
Francisco de Goya y Lucientes

268 x 347 cms. Museo del Prado